Archivo de la etiqueta: Pascua

TRÍDUO PASCUAL EN IMÁGENES

  • JUEVES SANTO 1 de abril de 2021
En la galería, contemplamos las imágenes de la celebración solemne de la Cena del Señor.
Con recogimiento y alegría, la Comunidad Parroquial se reúne en torno al altar.
Jesús nos anticipa el «amor hasta el fin».
 
Contemplamos «El  monumento», lugar de la reserva del Santísimo, dónde se depositará el Cuerpo de Cristo para la comunión del Viernes Santo.
 
 
  • VIERNES SANTO  2 de abril de 2021.
Contemplamos imágenes de la comunidad Parroquial reunida para celebrar la «muerte victoriosa de Cristo en la cruz». 
 
Cabe destacar la introducción en el centro de la asamblea de la CRUZ, para ser adorada; este año desde el sitio con gran  recogimiento y oración personal.
 
«Oh Cruz gloriosa del Señor Resucitado  es el árbol de la salvación» 
 
 
  • VIGILIA PASCUAL   3de abril de 2021.
La Comunidad reunida en Vigilia de oración a la espera del gran ANUNCIO:
 
JESÚS, EL CRUCIFICADO, NO ESTÁ AQUÍ. ¡HA RESUCITADO!
 
El signo de la luz de Cristo, representado en el Cirio Pascual, encendido del fuego purificador; es introducido en la Asamblea, aclamando por  tres veces:
 
– LUZ DE CRISTO.
– DEMOS GRACIAS A DIOS. 
 
El signo del agua.
 
Bendecida, que será el elemento esencial en el sacramento del Bautismo.
 
 
 
LAUDES JUEVES, VIERNES Y SÁBADO SANTO.
En la mañana nos encontramos en la Parroquia para la Oración de la Iglesia. 
 

Fina Medina


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Viernes Santo y Vigilia Pascual (Fotos)

Album fotográfico de las celebraciones de Viernes Santo, Vigilia Pascual de las 20:00 y Vigilia Pascual con bautismo de las 22 horas
 
Viernes Santo.
Iniciamos el rezo de laudes y seguimos con el via crucis por las calles de la feligresía.
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Por la tarde a las 18:00 tuvimos Los Santos oficios de la Pasión del Señor.
Terminada la liturgia los que quisieron se quedaron a la oración de la cruz de Taizé.
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Vigilia Pascual
Tuvimos dos celebraciones una a las 20:00 que duró casi dos horas abierta a toda la parroquia.
 .
Y una segunda Vigilia también abierta a toda la parroquia donde participaron la gran mayoría de miembros de las comunidades neocatecumenales de la parroquia y donde también habían feligreses de la parroquia. Se inició a las 22 horas y terminó a las 4:00 con el cambio de hora.
Iniciamos con la bendición del fuego y cirio pascual.

Acto seguido y con las luces todavía en penumbra de cantó el solemne pregón pascual

Continuó la liturgia de la palabra con nueve lecturas intercaladas con salmos.

Un momento especial fue el canto de los niños «porqué esta noche es diferente» donde los niños cantaron e hicieron esa pregunta a un padre donde le respondió de una forma catequética para los niños.

A continuación se inició la liturgia bautismal donde se bautizó a un niño Isaac, hijo de Lucas y Eva ya que es la noche propicia para ello.

Después continuamos con la liturgia eucarística.

Fue una celebración espléndida llena de signos que nos anuncian el poder de la resurrección, terminando exultantes con el baile alrededor de la mesa del altar.
 Después como es tradición los hermanos que quisieron fueron a un restaurante a celebrarlo con una cena donde el ingrediente principal es el cordero terminando a las 6:30 de la madrugada.
 
 
FOTOS: Eva Sanchez – Pablo Andrades – Gabi Martinez – Abraham

Video Mensaje Urbi et Orbi (no os lo perdáis)

Queridos hermanos y hermanas
de Roma y del mundo entero

A todos vosotros dirijo de corazón la felicitación pascual con las palabras de san Agustín: «Resurrectio Domini, spes nostra», «la resurrección del Señor es nuestra esperanza» (Sermón 261,1). Con esta afirmación, el gran Obispo explicaba a sus fieles que Jesús resucitó para que nosotros, aunque destinados a la muerte, no desesperáramos, pensando que con la muerte se acaba totalmente la vida; Cristo ha resucitado para darnos la esperanza (cf. ibíd.).

Queridos hermanos y hermanas
de Roma y del mundo entero

A todos vosotros dirijo de corazón la felicitación pascual con las palabras de san Agustín: «Resurrectio Domini, spes nostra», «la resurrección del Señor es nuestra esperanza» (Sermón 261,1). Con esta afirmación, el gran Obispo explicaba a sus fieles que Jesús resucitó para que nosotros, aunque destinados a la muerte, no desesperáramos, pensando que con la muerte se acaba totalmente la vida; Cristo ha resucitado para darnos la esperanza (cf. ibíd.).

En efecto, una de las preguntas que más angustian la existencia del hombre es precisamente ésta: ¿qué hay después de la muerte? Esta solemnidad nos permite responder a este enigma afirmando que la muerte no tiene la última palabra, porque al final es la Vida la que triunfa. Nuestra certeza no se basa en simples razonamientos humanos, sino en un dato histórico de fe: Jesucristo, crucificado y sepultado, ha resucitado con su cuerpo glorioso. Jesús ha resucitado para que también nosotros, creyendo en Él, podamos tener la vida eterna. Este anuncio está en el corazón del mensaje evangélico. San Pablo lo afirma con fuerza: «Si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación carece de sentido y vuestra fe lo mismo». Y añade: «Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados» (1 Co 15,14.19). Desde la aurora de Pascua una nueva primavera de esperanza llena el mundo; desde aquel día nuestra resurrección ya ha comenzado, porque la Pascua no marca simplemente un momento de la historia, sino el inicio de una condición nueva: Jesús ha resucitado no porque su recuerdo permanezca vivo en el corazón de sus discípulos, sino porque Él mismo vive en nosotros y en Él ya podemos gustar la alegría de la vida eterna.

Por tanto, la resurrección no es una teoría, sino una realidad histórica revelada por el Hombre Jesucristo mediante su «pascua», su «paso», que ha abierto una «nueva vía» entre la tierra y el Cielo (cf. Hb 10,20). No es un mito ni un sueño, no es una visión ni una utopía, no es una fábula, sino un acontecimiento único e irrepetible: Jesús de Nazaret, hijo de María, que en el crepúsculo del Viernes fue bajado de la cruz y sepultado, ha salido vencedor de la tumba. En efecto, al amanecer del primer día después del sábado, Pedro y Juan hallaron la tumba vacía. Magdalena y las otras mujeres encontraron a Jesús resucitado; lo reconocieron también los dos discípulos de Emaús en la fracción del pan; el Resucitado se apareció a los Apóstoles aquella tarde en el Cenáculo y luego a otros muchos discípulos en Galilea.

El anuncio de la resurrección del Señor ilumina las zonas oscuras del mundo en que vivimos. Me refiero particularmente al materialismo y al nihilismo, a esa visión del mundo que no logra transcender lo que es constatable experimentalmente, y se abate desconsolada en un sentimiento de la nada, que sería la meta definitiva de la existencia humana. En efecto, si Cristo no hubiera resucitado, el «vacío» acabaría ganando. Si quitamos a Cristo y su resurrección, no hay salida para el hombre, y toda su esperanza sería ilusoria. Pero, precisamente hoy, irrumpe con fuerza el anuncio de la resurrección del Señor, que responde a la pregunta recurrente de los escépticos, referida también por el libro del Eclesiastés: «¿Acaso hay algo de lo que se pueda decir: “Mira, esto es nuevo?”» (Qo 1,10). Sí, contestamos: todo se ha renovado en la mañana de Pascua. «Mors et vita / duello conflixere mirando: dux vitae mortuus / regnat vivus» – Lucharon vida y muerte / en singular batalla / y, muerto el que es Vida, / triunfante se levanta. Ésta es la novedad. Una novedad que cambia la existencia de quien la acoge, como sucedió a lo santos. Así, por ejemplo, le ocurrió a san Pablo.

En el contexto del Año Paulino, hemos tenido ocasión muchas veces de meditar sobre la experiencia del gran Apóstol. Saulo de Tarso, el perseguidor encarnizado de los cristianos, encontró a Cristo resucitado en el camino de Damasco y fue «conquistado» por Él. El resto lo sabemos. A Pablo le sucedió lo que más tarde él escribirá a los cristianos de Corinto: «El que vive con Cristo, es una criatura nueva; lo viejo ha pasado, ha llegado lo nuevo» (2 Co 5,17). Fijémonos en este gran evangelizador, que con el entusiasmo audaz de su acción apostólica, llevó el Evangelio a muchos pueblos del mundo de entonces. Que su enseñanza y ejemplo nos impulsen a buscar al Señor Jesús. Nos animen a confiar en Él, porque ahora el sentido de la nada, que tiende a intoxicar la humanidad, ha sido vencido por la luz y la esperanza que surgen de la resurrección. Ahora son verdaderas y reales las palabras del Salmo: «Ni la tiniebla es oscura para ti / la noche es clara como el día» (139[138],12). Ya no es la nada la que envuelve todo, sino la presencia amorosa de Dios. Más aún, hasta el reino mismo de la muerte ha sido liberado, porque también al «abismo» ha llegado el Verbo de la vida, aventado por el soplo del Espíritu (v. 8).

Si es verdad que la muerte ya no tiene poder sobre el hombre y el mundo, sin embargo quedan todavía muchos, demasiados signos de su antiguo dominio. Si, por la Pascua, Cristo ha extirpado la raíz del mal, necesita sin no obstante hombres y mujeres que lo ayuden siempre y en todo lugar a afianzar su victoria con sus mismas armas: las armas de la justicia y de la verdad, de la misericordia, del perdón y del amor. Éste es el mensaje que, con ocasión del reciente viaje apostólico a Camerún y Angola, he querido llevar a todo el Continente africano, que me ha recibido con gran entusiasmo y dispuesto a escuchar. En efecto, África sufre enormemente por conflictos crueles e interminables, a menudo olvidados, que laceran y ensangrientan varias de sus Naciones, y por el número cada vez mayor de sus hijos e hijas que acaban siendo víctimas del hambre, la pobreza y la enfermedad. El mismo mensaje repetiré con fuerza en Tierra Santa, donde tendré la alegría de ir dentro de algunas semanas. La difícil, pero indispensable reconciliación, que es premisa para un futuro de seguridad común y de pacífica convivencia, no se hará realidad sino por los esfuerzos renovados, perseverantes y sinceros para la solución del conflicto israelí-palestino. Luego, desde Tierra Santa, la mirada se ampliará a los Países limítrofes, al Medio Oriente, al mundo entero. En un tiempo de carestía global de alimentos, de desbarajuste financiero, de pobrezas antiguas y nuevas, de cambios climáticos preocupantes, de violencias y miserias que obligan a muchos a abandonar su tierra buscando una supervivencia menos incierta, de terrorismo siempre amenazante, de miedos crecientes ante un porvenir problemático, es urgente descubrir nuevamente perspectivas capaces de devolver la esperanza. Que nadie se arredre en esta batalla pacífica comenzada con la Pascua de Cristo, el cual, lo repito, busca hombres y mujeres que lo ayuden a afianzar su victoria con sus mismas armas, las de la justicia y la verdad, la misericordia, el perdón y el amor.

«Resurrectio Domini, spes nostra». La resurrección de Cristo es nuestra esperanza. La Iglesia proclama hoy esto con alegría: anuncia la esperanza, que Dios ha hecho firme e invencible resucitando a Jesucristo de entre los muertos; comunica la esperanza, que lleva en el corazón y quiere compartir con todos, en cualquier lugar, especialmente allí donde los cristianos sufren persecución a causa de su fe y su compromiso por la justicia y la paz; invoca la esperanza capaz de avivar el deseo del bien, también y sobre todo cuando cuesta. Hoy la Iglesia canta «el día en que actuó el Señor» e invita al gozo. Hoy la Iglesia ora, invoca a María, Estrella de la Esperanza, para que conduzca a la humanidad hacia el puerto seguro de la salvación, que es el corazón de Cristo, la Víctima pascual, el Cordero que «ha redimido al mundo», el Inocente que nos «ha reconciliado a nosotros, pecadores, con el Padre». A Él, Rey victorioso, a Él, crucificado y resucitado, gritamos con alegría nuestro Alleluia.